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De burdel a hogar geriátrico: la historia de su administrador

Vida nueva

Agosto 30 de 2019

El dueño de la desaparecida casa de citas Las JJJ (las tres jotas), de la Villavicencio de los 80, es ahora el mesías de los abuelos de la calle.  


Con necesidades económicas, Carlos Alberto Mejía administra un hogar geriátrico, en el mismo sitio en el que funcionó un burdel y un expendio de droga. Fotografías: Óscar Fabián Bernal Trujillo.

Carlos Alberto Mejía Castañeda rozó las puertas del infierno en la riqueza y se gana el cielo en la miseria. De joven sació la lujuria de hombres a punta de whisky y prostitutas, y de viejo calma el hambre de los ancianos sin techo que llegan a diario al hogar geriátrico cristiano y comedor Vida Nueva, en el popular barrio El Porvenir de Villavicencio.

A sus 76 años no se arrepiente de haber mantenido durante cerca de quince años uno de los burdeles más cotizados de Villavicencio, Las JJJ (las tres jotas), un espacio que no solo tocó fondo, sino que cayó a un abismo de drogas y se consumió como una olla en un fogón de perdición. La casa de citas del barrio El Porvenir sobrevivió a la promiscuidad durante 15 primaveras, terminó en ruina y se convirtió durante los seis años siguientes en expendio de drogas —erradicado por la policía— hasta terminar desde hace 18 años, en el 2002, convertida en un pobre ancianato.

Vida Nueva es un hogar geriátrico cristiano ubicado frente al almacén Alkosto, en el barrio El Porvenir de Villavicencio.


Hoy unos cuarenta abuelos de la calle reciben el desayuno y el almuerzo, y veinte de ellos pasan la noche en precarias condiciones. Ya no duermen en cartones sobre cajas viejas de cervezas, como lo hicieron los primeros ancianos, pero sí en viejos y remendados colchones. Se estima que en la ciudad hay 190 abuelos en centros de protección, según datos de la Secretaría de Gestión Social y Participación Ciudadana de Villavicencio.

Es difícil creer que Carlos Alberto Mejía, quien se confunde en la miseria como un viejo más del ancianato y vive de la caridad, llegó a tener 100 millones de pesos en el bolsillo, casas y carros, y se congració con gobernantes en época de la bonanza cocalera, a principios de los 80. Pasó de ser anfitrión de empresarios, narcos y políticos a tenderle la mano a los abuelos, a pasar la página hacia una vida nueva, como el nombre del hogar, aunque de vida poco tenga.

Carlos Alberto posa frente a viejos camastros y colchonetas sucias en las que duermen los abuelos. 


Allí me recibe sentado en una vieja silla de plástico, de frente a los abuelos que esperan el almuerzo en desvencijadas mesas que han desechado de restaurantes. Escrito sobre un tablero de acrílico blanco, justo detrás de él, se lee claramente la fecha de sus próximas citas al dermatólogo y al urólogo. Tiene síntomas de cáncer de piel, las manchas en su rostro lo reflejan, y carga consigo una sonda por donde drena la orina. De su época moza y de proxeneta solo quedan los recuerdos, la diabetes y la hipertensión de una vida desordenada.

La casa de citas fue inaugurada en la década de los 70 por Marisol Jiménez, una caleña muy popular en su ciudad y que en poco tiempo, gracias a sus contactos, hizo de las tres jotas uno de los sitios preferidos de hombres en celo. Lo administraba junto con dos hermanas, lo que le dio el nombre de las tres jotas, por su apellido. Pero como si el destino ya estuviera marcado por la tragedia, Marisol perdió el control de su auto de regreso del municipio de Acacías y terminó con la carrocería encima y debajo de un camión de Postobón. Por lo menos esa es la versión que Carlos Alberto teje en su memoria en vagos recuerdos.

Un pequeño televisor es el único medio de entretenimientos de los abuelos en el hogar geriátrico.


La casa de las Jiménez, aclara, funcionó inicialmente en el inmueble de al lado, tenía un salón largo y habitaciones en ambos costados, pero luego de la muerte de su propietaria, el negocio fue puesto en venta. Carlos Alberto, un vendedor profesional, que vivía de las comisiones en los almacenes J. Glottman, abandonó Bogotá, donde se había radicado ya hace unos años, y compró las tres jotas por cinco mil pesos. Se dejó tentar y el negocio empezó a crecer, llegaron mujeres de otros rincones del país, se amplió la casa y se conectó con la de enseguida. Se estima que para la década de los 90 había en la ciudad unas 500 trabajadoras sexuales, según un viejo recorte del semanario de la época (Llano Sie7edías). El viejo también las reclutaba de burdeles exclusivos de Bogotá, empezó a innovar, las vestía de trusa e incluso dice haber sido el primer empresario de la noche en traer a Villavicencio los afamados espectáculos de streptease, y cuando presentía que el negocio se iba apagando, lo reinauguraba con más divertimento, como quien hoy abre una galería y con invitados especiales, exalcaldes, gobernantes y militares que disfrutaban, por ejemplo, de la versión erótica del Concurso Nacional de Belleza, adaptada por el anfitrión, en el que la ganadora recibía su cetro y corona, o de las lujuriosas noches en vivo.

Del viejo prostíbulo sobreviven las corroídas y opacas baldosas de mármol de la pista de baile, muy cerca a la entrada. Ya no soportan el peso de sensuales bailarinas sino las necesidades de los ancianos. El sitio apesta, la humedad es penetrante. El techo parece haber sufrido el sacudón de un terremoto y de este cuelgan pedazos de cielo raso en icopor. Hay camas en el pasillo que conduce a la segunda planta, camarotes junto al área de comedor y varios colchones malolientes que extienden en las noches. El óxido carcome rejas y barandas y la humedad sube como tentáculos hasta el segundo piso donde lo que rechina ahora son unos viejos camastros. Allí quedaba la suit, la habitación reservada para los clientes más adinerados de la época y por la que pasaron desde un director de la cárcel de Villavicencio hasta uno de los anestesiólogos del hospital, un hombre en cuyas faenas de placer aspiraba cocaína y bebía trago. Y se iba más somnoliento que sus pacientes.



Por el umbral de la puerta principal se filtra el sonido de los motores de carros y motos y el pregón de los vendedores de autopartes. El barrio, asfixiado por talleres de mecánica, pertenece a la comuna 3 de Villavicencio y fue diagnosticado hace cuatro años con concentraciones significativas de plomo en la atmosfera (1.289,4 miligramos por kilogramo), según un estudio de la Universidad de los Llanos, y considerado por el Observatorio de Seguridad de la Cámara de Comercio de Villavicencio como el cuarto barrio más peligroso de la ciudad, después de la zona céntrica, el Santa Fe y Brisas del Guatiquía. En la calle se dice que los delincuentes de la zona venden (o cambian por drogas) los artículos robados y los reducidores se camuflan en talleres y almacenes. En ese contexto se rodea el hogar Vida Nueva. 

Cuando se le pregunta por qué de la terquedad en mantener un hogar geriátrico en esas condiciones, sin dudarlo, Carlos Alberto atina a decir que se trata de un servicio que no se aprende en el bachillerato ni en la universidad. Es algo que heredó de su padre, un paisa criado en Titiribí, Antioquia, muy servicial, diferente a sus siete hermanos. “Ellos no le brindan un vaso de agua a nadie”, agrega, mientras un hombre alto, cabizbajo y de tez morena, le extiende un plato de comida. El menú de hoy es lentejas, puré de papa, arroz y sardinas, un manjar si se compara con la carta de días anteriores: cueros de pollo fritos que previamente habían sido comprados a un indigente por dos mil pesos la bolsa. El extraño hombre que sirve la comida lleva apenas unos días preparando los almuerzos, lo hace por un pago de cinco mil pesos diarios, no habla, se esconde ante las cámaras. La cocinera de la casa renunció hace dos semanas pues no pudo estirar más los doscientos mil pesos que recibía de salario.

Camas y colchones son extendidos en los pasillos del hogar. Cada noche duermen allí unos 20 abuelos de la calle.


A mí me conmueven las personas vulnerables de esta ciudad —expresa el viejo anfitrión tras retomar la conversación—, uno va al parque y los ve durmiendo en el piso, botados y sin comida, sin techo”. Deja el plato a un lado, se pone en pie, avanza un par de metros hacia la esquina del salón en el que nos encontramos, anda lento a causa de una incisión en la parte baja de su vientre. Es su mal de próstata.

 “¡Rebeca, rebeca!”, vuelve y grita: “¡Rebeca, Rebeca!”, como si llamara a su mujer, pero es una lora, su compañía más fiel desde hace seis años, más agradecida que los inquilinos. Antes de regresar de nuevo a la silla, estira la mano y con agilidad el ave se trepa hasta su hombro en busca de una pizca de comida que toma directamente de la boca de su amo. El viejo nunca se casó, jura nunca haberse enamorado, ni siquiera lo derrotó la tentación en la que cayeron muchos de sus clientes. Enamorarse de las putas, asegura, es el fracaso de un negocio. Algunas de las mujeres que vendieron su amor, hoy son damas de la alta sociedad villavicense. Los clientes, hombres adinerados, las sacaron y nunca más volvieron, ni Romeos ni Julietas.

Habitaciones en el segundo piso.


“Hoy están bien, ya se olvidaron de eso, tienen sus hogares, sus hijos, sus esposos; ya renunciaron a todo aquello que pasó en esa época. Yo me he encontrado con algunas en la calle, me saludan, me recuerdan, muy formal, dialogamos, pero no me gusta que me visiten ni ir a visitarlas, eso pertenece al pasado, ellas ya tienen hijos profesionales, eso ya es capítulo cerrado”, confiesa en un tono de voz que da la tranquilidad del desahogo, aunque sus ojos reflejen tristeza y resignación.

— ¿Y usted tuvo hijos?

—No propios, adoptivos —Suelta una risotada y señala a mi espalda a un sujeto de 39 años que desde hace unos minutos nos escucha hablar. Es uno de sus dos hijos, Fredy Alejandro Muñoz Blanco, el hombre que de niño fue rescatado de la calle a los 12 años siendo un mendigo. El otro, agrega, refiriéndose a la persona que a los cuatro años también sacó de la calle y adoptó cuando esta deambulaba por el parque central de Villavicencio, es hoy un policía. Su nombre es Andrés González. “Lo eduqué hasta cuando terminó el grado Once. Quería estudiar Medicina, pero ya no había plata y se fue a prestar servicio, lo encarrilaron como patrullero”, dice.

La tristeza persigue a muchos de los inquilinos en Vida Nueva.


— ¿Por qué se atrevió a contar su pasado?

—Para hablar con más claridad, que sea como un testimonio de cambio de vida. Pasan los años y hay que rectificar lo que se hizo y dejar huella, y si en alguna ocasión se hizo el mal hay que hacer el bien.

— ¿Usted hizo el mal?

—Yo no fui malo — responde, y entonces recuerda aquel día cuando una niña de 16 años llegó mediante engaños para ser prostituida. Al enterarse la envió de regreso a Armenia. También jura que jamás las drogaba, como hacían en otros sitios. Cierra los ojos por unos segundos guardando silencio. Vuelve en sí y recuerda entonces que en una noche llegó a tener hasta 40 trabajadoras sexuales. Dice que eran mujeres hermosas, universitarias que llegaban de Pereira, Armenia, Medellín y Cali, ciudades donde corría el rumor de que aquí sobraba el billete.

Y sí, sobraba el billete, al menos en el burdel era así. Víctor Carranza, el esmeraldero, fue uno de sus esporádicos clientes, y Carlos Lehder, el narcotraficante que luego sería extraditado a los Estados Unidos, también sabía de los placeres en las tres jotas. Pedían whisky, Chivas. Carranza le decía a la administradora, venga, hágame un favor, deje las viejas, y el dueño, si quiere, puede quedarse, pero solo él, los meseros y todos pa’fuera, páguenles el turno, pero que se vayan.

Carlos Alberto asegura que su lora Rebeca, con la que vive hace seis años, es más fiel que muchos de los abuelos que recibe en el hogar.


—¿Qué es lo más duro que recuerda?

—Una vez mataron a tres pacientes aquí en el negocio.

—¿Por qué motivo?

—Ese secreto sí se lo llevaron a la tumba, uno no estaba en el plan de preguntar quién es, qué hace, para dónde va, a uno le interesaba en esa época era el billete.

Pero el gusto por el dinero menguó en la crisis, en la quiebra. La casa de citas se fue a pique, una mala racha atribuida a una brujería terminó de hundirla, primero fue el extraño y gradual abandono de sus empleadas. Y luego, un atentado con explosivos del que fue víctima —sin revelar razones— en su propio negocio y que lo mantuvo en clínica durante tres meses. No le bastó con eso, y una vez recuperado, abrió el bar Río Show, en El Maizaro, también una subasta de placeres.

Personas de la tercera edad reciben desayuno y almuerzo. Los alimentos vienen de donaciones.


Su vida desordenada se alargó cuatro años sin éxito, y cuando creía que nada tendría remedio, alguien le extendió la mano y con ella, el evangelio. Carlos Alberto es desde ese día un feligrés del Centro Misionero Bethesda.
De pronto empieza a recitar pasajes bíblicos y como si quisiera resarcir su pasado, alza el tono de su voz y repite, “donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia”, entonces mira de reojo a los abuelos que empiezan a tragar las lentejas, otros apenas llegan sin saludar mientras él se pregunta quién habrá sido el asesino de sus dos perros, tan fieles como Rebeca pero que fueron envenenados hace un par de semanas en el mismo hogar geriátrico. Un negro, que ya está sentado en una esquina del salón, insultó al viejo hace algunos días luego de ser advertido de la prohibición de fumar bazuco. Hoy come callado. El único requisito para el uso del comedor es “tener hambre”. El mensaje es claro y está impreso en un pendón rechinante que cuelga de la pared y en el que se advierte que tampoco es necesaria la recomendación del político de turno. Pero los políticos no han vuelto ni llegarán. El viejo ya decidió en silencio, sin consultarle a los abuelos que engullen el almuerzo sin saborearlo, que Luz Dary pondrá el inmueble a la venta. La mujer a la que se refiere es la dueña de la casa, una comerciante vallecaucana radicada en Brasil, pues Carlos Alberto nunca, pese a que tuvo el dinero, le compró la propiedad.

Algunos vendedores informales aprovechan  la hora de almuerzo para alistar los productos que sacan a la venta en la calle.


—Esta casa a mí me la estuvieron vendiendo en un millón quinientos mil pesos y no la compré pensando que si lo hacía iba a quedarme toda la vida manejando prostitutas —dice con esa voz de melancolía de pensar que no se quedó explotando amores furtivos, sino que puso su vida al servicio de los abuelos, muchos de ellos, agrega, “groseros, vulgares y desagradecidos”. Y si pudiera darle vuelta a su vida, solo cambiaría de lugar para terminar los últimos años de su vida en una casa finca, rodeado de sus ancianos, aunque peligre que algún día le envenenen su lora.


** Si quiere hacer alguna donación al hogar geriátrico Vida Nueva, puede comunicarse con Carlos Alberto al teléfono 3138755852


Andrés Molano Téllez



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