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Se dice que la Bola de fuego quemó casa de artista en Villavicencio

La Bola de fuego de Wilmer Corredor


Agosto 27 de 2019

Valiéndose de un rapidógrafo, Wilmer Corredor dibujó sobre una hoja de papel la figura de una bruja muy particular, un híbrido hecho a partir de espantos. La pintó en acuarela y entrelazada entre otros demonios puso sobre ella a la Bola de fuego, un espanto conocido también como la Candileja, del cual se dice que es el espíritu de una mujer quemada en vida y que desde su muerte persigue a los caminantes en los Llanos Orientales de Colombia y Venezuela.

Wilmer Corredor y su obra 'Mis mitos y mis leyendas por Dobleu'.


No tuvo tiempo de enmarcarla cuando le pidieron que la llevara a la galería donde se iba a exhibir junto con otras 43 obras en la exposición ‘Mis mitos y mis leyendas’, la cual abrió sus puertas en el Teatro La Vorágine de Villavicencio y en la que se vieron toda clase de espantos.

Pero antes de que terminaran los días de exhibición, Wilmer decidió volver de manera apresurada y cargar consigo sus espantos y llevarlos a casa mientras buscaba la manera de encerrar a la Bola de Fuego en un marco de madera junto con aquella bruja, que en conjunto son una misma obra.

Hace dos semanas, de regreso de una diligencia, Wilmer observó en frente de su casa, en el barrio San Isidro, un carro de bomberos y sobre el techo una humareda se extendía a lo largo de la calle. Su hogar se había prendido en llamas.

Apresuró el paso y vio a uno de los bomberos cargar en brazos el cadáver de su gata, más tarde se enteraría de que fue reanimada y traída de vuelta. Adentro, encontró casi en convulsión a otra mascota, un diarreico y vomitado gatito; los cuartos de su hermana y madre, quienes minutos antes de la conflagración habían salido, estaban totalmente quemados; y su habitación, la del artista, estaba intacta y todavía allí, sobre una mesa, la Bola de fuego a la espera de ser encerrada en el marco de madera.

El rumor de que el espanto había prendido la casa del artista se extendió como pólvora y el último en enterarse fue Wilmer, ahora incrédulo:

–No creo en nada de esas cosas, la verdad, lo tomamos por otro lado. Fue una bendición, porque nos tocaba cambiar el sistema eléctrico.




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