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La ciudad perdida de Lomalinda


Los secretos detrás de la laguna

Abril 22 de 2019

Cerca de 96 hectáreas de espejo de agua forman la bella Laguna Lomalinda, en Puerto Lleras, uno de los destinos atractivos del departamento del Meta y cuya forma, vista desde las alturas y en cierto ángulo, se asemeja al mapa de Colombia. Lo que pocos saben es que sus alrededores fueron el hogar de una comunidad de misioneros extranjeros, criticada y expulsada de manera violenta.



El predio alrededor de la laguna había sido entregado en comodato al Instituto Lingüístico de Verano, organización basada en el cristianismo protestante, la cual llegó a la zona en 1962, con la finalidad de traducir la Biblia a lenguas indígenas.

Los misioneros fueron blanco de muchas críticas porque se dijo, según investigación del antropólogo Francisco Ortiz Gómez, que el objetivo real fue desarrollar una labor proselitista para contrarrestar el poder hegemónico de la Iglesia católica al tiempo que, apoyados por una empresa de aviación y un sistema de comunicaciones, producían un reporte diario de mensajes desde cada una de las comunidades, el cual cumplía una función de monitoreo en zonas de interés geopolítico para el gobierno de Estados Unidos.

Uno de los inmuebles construidos por la comunidad de misioneros.


Incluso, el general José Joaquín Matallana, quien fue Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares de Colombia, presentó un informe en 1974, sobre la actividad del Instituto y declaraba que el gobierno había sido engañado por el grupo de misioneros, al presentarse bajo la apariencia de una institución científica dedicada a la lingüística, pero escondiendo otros intereses como el adoctrinamiento religioso, “localización y explotación ilegal de recursos naturales; contrabando y tráfico de estupefacientes; exportación de flora y fauna hacia los Estados Unidos”.

Dichos misioneros, entre los que había estadounidenses, alemanes, suizos, canadienses y holandeses, fundaron una ciudadela alrededor de la laguna, con acueducto, alcantarillado, energía eléctrica, cerca de 200 edificaciones y hasta pista de aterrizaje para aviones de mediana capacidad.

En este sector funcionaba la pista de aterrizaje.


Sin embargo, el Instituto Lingüístico abandonó el lugar el 2 febrero de 1996 luego de denunciar amenazas de la guerrilla, ataques con explosivos, secuestros y posteriores asesinatos de misioneros, como fue reportado por varios medios de comunicación nacional. A partir de entonces, se evidenció un proceso de saqueo de algunas construcciones y de ocupación irregular de otras más. Hoy, gran parte de esa sorprendente historia está convertida en ruinas, mientras que otra sigue oculta bajo la maleza.

 “Ellos (misioneros) dejaron intactas las viviendas, mucha gente de la región vino, las destruyó, otros llegamos y las reconstruimos para vivir”, aclara Ferney Linares Briceño, uno de los ocupantes —por cerca de 20 años— de los terrenos de Lomalinda y quien está a la espera ser reubicado, por habitar en una zona de reserva. “Estamos en un proceso de legalización de nuestras tierras”, agrega.



La Corte Constitucional ordenó en 2012, a través de una sentencia, otorgar permiso temporal y condicionado, únicamente en la zona de producción sostenible, para que los ocupantes de las tierras permanezcan allí hasta que les sea adjudicado un nuevo terreno por parte de la alcaldía de Puerto Lleras o del Incoder, instituto liquidado en 2016 y que le dio paso a la Agencia Agraria de Desarrollo Rural.

Se calcula que en Lomalinda habitan hoy cerca de 40 personas, de las cuales 28 se agruparon a través de la Cooperativa Multiactiva Ecoturística Lomalinda (Comecol). Se encargan de cuidar el parque, conservarlo y trabajar en la reforestación nativa. Ninguno de ellos recibe un sueldo, sobreviven de la venta de alimentos, del hospedaje y del alquiler de los vehículos acuáticos. Es un trabajo comunitario. Su sueño es tener la administración del parque, la cual corresponde actualmente a Cormacarena, máxima autoridad ambiental del departamento.



María Rosalba Benítez, nacida en Quindío pero criada en los llanos, es una de las mujeres que vive y trabaja en Lomalinda. Es ocupante de un predio desde hace ocho años y, pese a que ya existe un fallo de la Corte Constitucional, sigue está en contra de la salida, calcula ella, de 10 familias.

“Son casas bien bonitas, es un pesar que destruyan algo donde se ha vivido tantos años, para mí eso es una cosa absurda, porque yo no creo que esa gente vaya a causar daño, porque han vivido casi 20 años. Porque es reserva de Cormacarena, eso no debía ser así, prácticamente nosotros somos los que estamos cuidando este sitio. Cormacarena está pidiendo mucha tierra pero no se le ve el apoyo. Quién mantiene limpio, los que vivimos aquí, y quiénes son los que han cuidado los árboles, nosotros”, dice la mujer, antes de hacer un llamado al gobierno para que les preste más atención, pide mejores vías de acceso. Los 2,3 kilómetros que los separa de la vía Granada-Puerto Lleras son destapados y el camino no tiene alumbrado.

Laguna Lomalinda.


Respecto a las inversiones económicas, en septiembre de 2018, el Instituto de Turismo del Meta anunció la construcción de obras de infraestructura liviana por un valor aproximado de 2.000 millones de pesos. Incluye plazoletas, cafeterías, senderos peatonales, un muelle, torre de avistamiento, oficinas administrativas y puentes de madera, un proyecto que los habitantes de Lomalinda piden que inicie pronto, mientras su comunidad da ejemplo sobre la importancia de unirse en torno al turismo.


Así es la laguna Lomalinda

La laguna, que se abastece del caño Chigüiro y de una extensa zona de morichales, hace parte de un sistema de humedales que fue declarado reserva hídrica en 2009, por Cormacarena, y homologado en 2011 a la categoría de Parque Natural Regional (810,4 hectáreas).



El ingreso es gratuito y los visitantes pueden disfrutar de un baño en la laguna, que cuenta además con una pequeña playa de arena y un embarcadero desde donde los niños y jóvenes se lanzan al agua. Se ofrecen recorridos en balsa ecológica, de motor eléctrico y con capacidad para cuatro personas, así como alquiler de bicicleta acuática y kayak.

Los turistas pueden realizar recorridos a través de tres senderos ecológicos y disfrutar de una rica biodiversidad de flora, donde sobresalen las palmas de moriche y de choapo, que por sus raíces extendidas sobre la superficie se dice que caminan. A medida que el suelo se erosiona crecen nuevas raíces en otras posiciones, un efecto que hace mover milimétricamente la planta.



El avistamiento de fauna es mágico, cientos de garzas vuelan sobre la laguna y colman las copas de las palmas, un espectáculo que se engalana en los atardeceres con aves de diferentes especies. La población de mamíferos es baja, aunque durante los recorridos es posible apreciar osos palmeros, reptiles y zarigüeyas.


Al caer la noche, los turistas pueden tomar el servicio de hospedaje y alimentación. Hay capacidad para alojar a 35 personas en cuatro unidades de descanso, con vistas fascinantes.




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