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Un viaje hacia la piña más dulce de Colombia

Maya, el pueblo que vive de la piña
Enero 4 de 2018
En Maya, a 75 kilómetros de Villavicencio, se produce la mejor piña del país. Sus habitantes viven del fruto y aún recuerdan a don Néstor Vidal, el hombre que volvió productivas sus tierras infértiles.
José López cultiva la piña en 30 hectáreas que tomó en arriendo en la inspección de Maya, en Paratebueno (Cundinamarca). 

Es difícil creer que, en una extensa sabana de tierras ácidas, desolada en décadas pasadas, se coseche la piña más dulce de Colombia. Pero así es. En Maya, la inspección cundinamarquesa de Paratebueno, esa porción de tierra que parece cedida por el Meta y paso obligado para llegar a Casanare por la llamada ruta del piedemonte llanero, el ochenta por ciento de sus habitantes vive de su cultivo.
Hay que recorrer unos 75 kilómetros desde Villavicencio bordeando la cordillera Oriental. Esteros, bosques, garzas y uno que otro oso palmero que atraviesa la vía, adornan el paisaje. El recorrido es una ruta gastronómica irresistible a cualquier paladar. El pan de arroz es infaltable en Restrepo; la mejor carne a la llanera se asa en Cumaral, y los quesos y postres de Santa Cecilia son el preámbulo para disfrutar de la jugosa piña.
No es difícil identificar el arribo a Maya. Figuras gigantes en forma de esa fruta cuyo corazón dejó de ser ácido por la magia de la tierra y un aviso con el letrero “Papi, quiero piña fría” son el campanazo que anuncia la llegada. 
En el paraíso de la piña viven colonias de huilenses, tolimenses, paisas y hasta costeños que llegaron atraídos por la bonanza. No es extraño ver una carpa con el letrero: “El mirador huilense: deliciosos tamales tolimenses y quesillos”. 

Piña fría, tajada, entera, en almíbar y hasta guarapo se venden a la entrada de la inspección de Maya, en Paratebueno. 
Consuelo, una mujer que llegó hace once años procedente de Huila, atiende uno de esos puestos que bordean la vía y en los que ofrecen fruta fría que guardan en tajadas en una nevera, o si el cliente prefiere, puede escoger una de las piñas que apilan y alinean todos los días en estanterías de madera. También hay guarapo fermentado con piña que, con temor, toman algunos conductores pensando en el grado de alcoholemia.
Mientras despacha un frasco de mermelada y almíbar de piña, que vende en presentaciones de cuatro mil y cinco mil pesos, la mujer explica que también cultiva la fruta, pero este año no ha sembrado. Es casi una confesión de que la situación no está muy fácil. “Más adelante, agrega, pueden encontrar unos cultivos”.
A menos de cinco minutos las hojas de miles de piñas forman un tapete de puntas afiladas en forma de pequeños serruchos. El broche de una de las fincas está abierto y a menos de dos metros una mujer, de unos 40 años, cubierta de pies a cabeza, se protege en vano del sol. Su piel curtida revela las horas de trabajo. Se ve cansada. 
—El mercado está muy difícil, explica, mientras encorva una de sus manos arriba de su frente, la oferta de piña es mayor que la demanda, los cultivadores estamos sacando la mano, porque producir una piña vale seiscientos pesos y se está vendiendo en lo mismo, qué hacemos, trabajar para que nos miren—.
La piña no es de temporada, la fruta se induce según el mercado. Se programa. Hace un par de meses un trasportador llegaba allí y cargaba, cada semana, unos cuatro camiones. Ya no levanta ni uno, explica la mujer, quien tiene a cargo unas cuatro hectáreas. Después de la cosecha la fruta dura una semana, luego de ese tiempo, si no se consume, la piña se pierde.
Carmen, campesina de Maya, perdió la fe en la siembra. Dice que el mercado de la piña está difícil. Hay mucha oferta. 

El discurso de Carmen —como dijo llamarse— contrasta con el de José López, un hombre de unos 45 años que se ofreció a llevarnos a sus cultivos, a unos 300 metros de allí, por una vía polvorosa. Son 30 hectáreas que tomó en arriendo para la siembra de la fruta. Confiesa que quebró con dos empresas en Villavicencio, pero regresó a Maya, la tierra que lo vio nacer, para apostarle a la agricultura. —En ningún lado, explica, hubiera obtenido ganancias como con la siembra de piña. La fruta ha sido una bonanza, eso atrajo a la gente de afuera y nos ha traído buena economía, antes eran sabanas que no producían nada, después de que surgió la piña, esta se convirtió en la base de la economía, casi todos los de Maya vivimos de la piña—.
Según su relato, la semilla fue traída desde las selvas de Guaviare y Caquetá por Néstor Vidal. De ahí su nombre: ‘Maya’, por la inspección, y ‘Nés’, por Néstor. En realidad, agrega, su nombre científico es ‘española roja’.
Para proteger la piña del sol, los campesinos la cubren con hojas de papel periódico. 
Don Néstor Vidal murió hace siete u ocho meses en Aguaclara (Casanare), agrega, lo recuerdan como una persona grata, dedicada al campo, un hombre que siempre se preocupó por hacer de las tierras infértiles y ácidas de Maya un terreno productivo, y lo logró. Una hectárea se compraba en trescientos mil pesos, pero hoy oscila entre 90 y 150 millones, mientras que el arriendo anual de una hectárea, calcula, está en un millón cien mil pesos.
“Nos enseñó a cultivar y nos puso a trabajar, a él le debemos nuestra base de la economía”, explica, mientras arranca de un solo jalón una de las flores de su cultivo.  Su peso es de kilo y medio. Está envuelta en papel periódico, técnica artesanal que utilizan para proteger la fruta del sol. Son las consecuencias del cambio climático, si no se protege, la fruta se quema, se amarilla y se abre. La pérdida sería inminente.
La piña mayanés es considerada como la más jugosa y dulce de Colombia. Se conoce por sus hojas en forma de serrucho.

Mientras hace las veces de improvisado guía turístico, José López confirma que el costo para producir un fruto es de seiscientos pesos —uno por planta—, y aclara que un kilo se vende en lo mismo. Es consciente de que hay sobreoferta, la semilla se siembra ahora en Puerto Rico (Meta), Arauca, San José del Guaviare e inunda el mercado.
La piña es la única planta que florece en fruta y se induce con un fertilizante para recortar el proceso natural de dos años a 18 meses. Con la implementación de tecnología y estudios de suelo, José López tiene fe de que el tiempo se recorte a 15 meses y que el valor para producir una sola piña baje este año de 600 a 350 pesos. 

—¿Y cómo identificar la piña mayanés?
El hombre desenfunda un machete que carga en el cinto y pela una de las piñas que acaba de arrancar. La corta en tajadas.
—Pruebe, es la más jugosa, dulce, no pela el paladar.

Tiene razón. En esa tierra ácida donde el sol pega con más fuerza se cultiva la fruta más dulce y jugosa de Colombia. 

Andrés Molano Téllez
Director Agenda Hoy


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